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Monasterio de la Cartuja de Sevilla, historia y actualidad
El Monasterio de la Cartuja, oficialmente conocido como Monasterio de Santa María de las Cuevas, es uno de los edificios con más capas de historia de toda la ciudad. En poco más de seis siglos ha sido ermita, monasterio, cuartel o fábrica de loza inglesa. Desde Cruceros Torre del Oro te contamos todos los usos que ha tenido qué acoge en la actualidad.
El origen: alfareros, una ermita y la fundación del monasterio
Antes de ser el Monasterio de la Cartuja, el terreno donde hoy se levanta era una zona de hornos alfareros. En época almohade, durante el siglo XII, la proximidad al Guadalquivir y la abundancia de arcillas en el subsuelo convirtieron este lugar en un espacio de producción cerámica, tradición que se prolongaría en el cercano barrio de Triana durante siglos.
La leyenda cuenta que en 1248, tras la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo, se encontró en una de esas cuevas de los alfareros una imagen de la Virgen María, escondida allí por los cristianos que habían sobrevivido a la dominación musulmana. En torno a esa imagen se construyó una pequeña ermita franciscana, que durante más de un siglo y medio sería el único edificio del lugar.
El paso de ermita a monasterio se produjo a finales del siglo XIV. En 1394, el arzobispo de Sevilla don Gonzalo de Mena y Roelas entregó la ermita a los franciscanos, pero apenas unos años después, en 1400, decidió que fueran los monjes cartujos, la Orden de San Bruno, quienes levantaran un monasterio en ese lugar. Aportó los terrenos y los fondos necesarios, y así nació el Monasterio de Santa María de las Cuevas, el nombre que conserva hasta hoy.
El esplendor: patronazgo nobiliario y arte de primer nivel
Durante los siglos XV y XVI el monasterio vivió su etapa de mayor esplendor, gracias al patronazgo de algunas de las familias más poderosas de Sevilla. Los Enríquez de Ribera fueron los principales benefactores: Per Afán de Ribera contribuyó a la construcción del templo primitivo, que se amplió en los primeros años del siglo XVI, y la familia utilizó la sala capitular como panteón familiar. Los sepulcros marmóreos de don Pedro Enríquez de Quiñones y doña Catalina de Ribera y Mendoza, conservados en esa sala, son uno de los conjuntos funerarios más importantes del gótico sevillano.
El patrimonio artístico acumulado durante estos siglos fue de primer orden. Para decorar sus espacios trabajaron pintores como Francisco de Zurbarán, Bartolomé Esteban Murillo, Alejo Fernández y el escultor Pedro Roldán, entre otros. La Cartuja fue durante el Siglo de Oro uno de los centros artísticos más importantes de Sevilla.
Cristóbal Colón y la Cartuja
Uno de los capítulos más conocidos de la historia del Monasterio de la Cartuja es su relación con Cristóbal Colón. El almirante tenía un vínculo especial con la Cartuja: frecuentaba el monasterio, se alojaba allí en sus estancias en Sevilla y dejó en manos de los monjes cartujos documentos y objetos personales. Cuando murió en Valladolid en 1506, su hijo Diego encargó que sus restos fueran trasladados a la Cartuja de Sevilla.
Los restos de Colón permanecieron en la Cartuja de Sevilla durante varias décadas, antes de ser trasladados posteriormente a otros destinos: Santo Domingo, La Habana y finalmente la Catedral de Sevilla, donde un sepulcro monumental los acoge desde 1902.
La invasión francesa y la desamortización: el fin de la vida monástica
El siglo XIX trajo dos golpes que acabaron con la vida religiosa del monasterio. El primero llegó en 1810, con la invasión francesa: el ejército de Napoleón saqueó el monasterio, destruyó prácticamente toda su decoración y convirtió la iglesia en cuadra para los caballos. Los monjes cartujos fueron expulsados y huyeron a Portugal, aunque regresaron en 1812 cuando las tropas francesas abandonaron la ciudad.
El segundo golpe fue definitivo. Entre 1835 y 1836, durante la regencia de María Cristina de Borbón, se produjo la desamortización de Mendizábal, que supuso la expulsión permanente de los monjes y la expropiación de sus bienes. El monasterio quedó vacío y fue puesto a la venta. En 1838 fue adquirido por el empresario de origen inglés Carlos Pickman, que lo compró a la Junta de Enajenación de Conventos Suprimidos para instalar en él una fábrica de loza y porcelana.
La fábrica Pickman: los hornos que cambiaron la silueta del monasterio
La transformación del monasterio en fábrica industrial fue radical. Carlos Pickman instaló en los claustros y dependencias del antiguo convento los hornos y la maquinaria necesaria para producir loza y porcelana al estilo inglés. El elemento más visible de esta etapa son las altas chimeneas de los hornos de botella que hoy siguen en pie y son visibles desde el otro lado del Guadalquivir, formando parte de la silueta característica de la isla.

La fábrica Pickman estuvo en funcionamiento durante más de ciento cuarenta años, hasta 1982, cuando la producción se trasladó a unas instalaciones modernas en otro punto de la ciudad. La empresa, que lleva el nombre de la Cartuja de Sevilla, sigue existiendo en la actualidad y es una de las marcas de loza más reconocidas de España. Durante ese siglo y medio de actividad industrial, la estructura del antiguo monasterio fue profundamente alterada: se levantó una chimenea en lo que fue el claustro principal, se instalaron los hornos de botella y se adaptaron los espacios religiosos a usos industriales.
La Expo 92 y la recuperación del conjunto
Cuando la fábrica cerró en 1982, el conjunto monumental quedó en un estado de abandono considerable. La oportunidad de recuperarlo llegó con la Exposición Universal de 1992. La decisión de ubicar la Expo en los terrenos de la Isla de la Cartuja obligó a acometer una restauración del monasterio que devolvió al edificio buena parte de su dignidad arquitectónica. Durante la celebración de la muestra, la zona de entrada con la capilla de Afuera acogió el Pabellón Real, el espacio de recepción de los jefes de Estado y de Gobierno que visitaron la Exposición.
La Exposición Universal de 1992 acogió a 112 países, 23 organismos internacionales y las 17 comunidades autónomas españolas, y convirtió Sevilla durante seis meses en el centro del mundo. La Isla de la Cartuja, que hasta entonces era una zona degradada y prácticamente sin uso, se transformó en un espacio urbano moderno que después de la Expo albergó el Parque Científico y Tecnológico, Isla Mágica y diversas instituciones culturales y universitarias.
La Cartuja hoy: arte contemporáneo y patrimonio histórico
Desde 1997, el núcleo histórico del monasterio es sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), que combina la gestión del patrimonio histórico del edificio con una programación de exposiciones temporales de arte contemporáneo de nivel internacional. Artistas como Ai Weiwei o la colombiana Delcy Morelos han expuesto en sus espacios. El conjunto acoge también el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico y el rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía.

El edificio que se puede visitar hoy conserva la iglesia gótico-mudéjar con su portada de arco ojival y sus bóvedas de crucería, los claustros, la sala capitular con los sepulcros de los Ribera, la capilla de Afuera o de la Virgen de las Cuevas, y los hornos de botella de la época Pickman. Es uno de los conjuntos monumentales más complejos e interesantes de Sevilla, y una visita que permite recorrer más de seis siglos de historia en un solo espacio.
Cómo verla desde el río
La Cartuja de Sevilla se encuentra en la Isla de la Cartuja, entre los dos brazos del Guadalquivir. Sus chimeneas de ladrillo, herencia de la época Pickman, son perfectamente visibles desde el río y forman parte del paisaje fluvial de Sevilla que se descubre durante nuestros paseos en barco por Sevilla.

Otra forma de descubrir el Monasterio de la Cartuja es con el autobús turístico verde de Sevilla. Con su sistema Hop on-Hop off, podrás bajar y subir todas las veces que quieras durante las 48 horas que dura el ticket, incluyendo la parada que está justo al lado del monasterio.