Triana, los dioses griegos y el Guadalquivir

Vemos continuamente a ese gigante de Sevilla, llamado Triana, que desde el río hace suspirar a todos los pasajeros del Guadalquivir. Pero… ¿Cuál es la historia de este mítico barrio?

Tan mítica es Triana, que su historia no puede ser contada de otra forma que con la  mitología…

Hubo un tiempo legendario en que Triana no formaba parte de Sevilla y el Guadalquivir era su frontera.

Antes de los árabes, visigodos o romanos, dice la tradición que la fundación de la ciudad y del arrabal tiene que ver con una historia de amor… Más bien de desamor.

La leyenda cuenta que la bella diosa de la fecundidad, Astarté, huía desesperadamente de la persecución amorosa de Hércules, que estaba profundamente enamorado de ella. Astarté encontró refugio en la orilla occidental del Guadalquivir, escondiéndose de él, dónde hoy se levanta el barrio de Triana.

En esta exhaustiva a la par que enfermiza búsqueda Hércules descubrió una tierra que había frente a aquel lugar, fundando una ciudad a la que puso de nombre Híspalis. Mientras tanto, su amor imposible hizo lo propio a la orilla del río, fundando así la ciudad de Triana.

El corazón de Hércules no pudo hacer más que fraccionarse en dos. Un amor partido por la mitad, dos orillas, dos urbes: Triana y Sevilla. La primera de las dualidades de la ciudad.

El Guadalquivir es, la división del corazón de Hércules en dos orillas, separadas para siempre, por sus lágrimas.

Así es el origen mítico del barrio y capital hispalense, Triana, y la razón por la que cada vez que decimos que Triana es puente y aparte, llevamos al menos parte de razón.

Por otra parte, esta leyenda también es muy útil a la hora de recordar el verdadero Hércules alejado de la amable imagen que siempre se nos dió de él, aunque, también hay que agradecerle el haber fundado la ciudad hispalense.

Nunca nos olvidaremos de esta leyenda mientras navegamos por el río, del desamor de Hércules, de Astarté y su necesidad de huir, y observaremos a la hermosa Triana, desde sus aguas. Que suerte la nuestra.

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